La historia de Margarita

Al cuidar a mi suegra, llegué a comprender qué se siente cuando dependes físicamente de los demás.

Patricia tiene un carácter difícil y sacar el tema no fue fácil. Sin embargo, cuando volvió a suceder le sugerí que podríamos buscar ayuda. ”

“Mi abuela se ha quedado encerrada en el baño”, gritaba mi hija. La madre de mi marido, Patricia, vivía con nosotros desde que se rompió la cadera. Teníamos opiniones distintas, pero nos llevábamos bien. Desde luego no se había encerrado en el baño para comunicarnos nada.

Cuando le pregunté qué ocurría me respondió: “¿es que no hay intimidad en esta casa?”. Fue entonces cuando recordé que faltaba el cojín de su silla favorita y me di cuenta de que quizás Patricia hubiera podido tener alguna ‘pérdida’.

Al informarme sobre la incontinencia urinaria en revistas e Internet, descubrí que 1 de 4 mujeres la padece en algún momento y que 1 de cada 10 necesita ayuda diaria para controlar la situación. Eran cifras muy altas de personas con el mismo problema.

Nuestro médico confirmó que era algo muy normal. Cuando le comenté que Patricia no había consultado con su médico sobre este asunto, me dijo que menos de la mitad de las personas afectadas con problemas de vejiga jamás hablan del tema, por lo que es frecuente que quede sin tratamiento.

Patricia es de carácter difícil y sacar el tema no fue fácil. Sin embargo, cuando volvió a suceder le sugerí que podríamos buscar ayuda. Se enojó muchísimo al ver que me había dado cuenta, pero le insistí en que yo no me sentía incómoda. Dejé que las cosas se calmaran antes de acompañarla al médico.

Entonces todo empezó a mejorar. Nos aseguramos de que tuviera facilidad de acceso al baño y elegimos absorbentes de tamaño adecuado y con control del olor. Unos meses más tarde, Patricia quedó postrada en una silla de ruedas. De repente me encontré realizando la función de cuidadora, una nueva situación para ambas.

La mayor intimidad que se requería en las rutinas diarias de higiene y las visitas al baño fue todo un reto, especialmente para mi suegra. Quizás hubiera sido más fácil si yo fuera su hija, ya que se trata de un tema muy personal y delicado. Mi marido ayudaba, pero ponía el trabajo y no ser mujer como excusa para evitar los cuidados íntimos.

La prioridad era llevar a cabo la tarea con dignidad, tanto para Patricia como para mí. Con la práctica y algunos errores, adquirimos una rutina con el uso de absorbentes para la incontinencia durante el día, ya que se pueden cambiar sin que mi suegra tenga que quitarse las medias, y de ropa interior absorbente por la noche, porque se quita rompiendo los laterales y se retira de forma rápida y limpia por la mañana.

Para que mi marido no fuera tan reticente, le dije que practicara conmigo. Llevarme al baño y ayudarme a sentarme en el inodoro fue difícil, pero cuando le dije que ayudara a limpiarme después de orinar, ¡dejó el experimento! Incluso después de treinta años de matrimonio, la idea de tener que limpiarme después de ir al baño le resultaba algo muy incómodo.

Sin embargo, eso le hizo darse cuenta de que aquello era algo por lo que su madre y yo pasábamos todos los días y, aunque no me importe hacerlo, también necesito un respiro de vez en cuando y no es extraño que a veces me encuentre irritable.

Aunque mi marido aún no ha llegado a ocuparse de la ayuda en el baño, se ha encargado de que nuestros hijos mayores participen en más tareas del hogar y dos noches a la semana él y los niños hacen la cena. Me dedico a mí misma una tarde a la semana para ir a pasear, tomar café con mis amigas e ir de compras. No elegimos esta situación, pero estamos aprendiendo a hacerle frente en familia lo mejor posible.”